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Barrio Las Peñas

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Fue declarado como Patrimonio Cultural en 1982, por ser el conjunto urbano arquitectónico más representativo de principios del siglo. Su entorno natural lo constituyen el Cerro Santa Ana ideal para obtener una vista panorámica y el río Guayas.

Es un recuerdo del siglo XVI, lugar donde nació Guayaquil. Es el barrio más tradicional, cada una de las casas tiene su propia historia, aquí vivieron personajes ilustres de la política y la cultura del país, como el músico Antonio Neumane, los presidentes Francisco Robles, José Luís Tamayo, Carlos Julio Arosemena Tola, Alfredo Baquerizo Moreno, Eloy Alfaro, el escritor Enrique Gil Gilbert, el historiador Rafael Pino Roca, el pintor Manuel Rendón Seminario, Alfredo Espinosa Tamayo, Juan Montalvo, la educadora Rita Lecumberry, e inclusive Ernesto “Che” Guevara estuvo de paso por este barrio y sirvió gratuitamente de pediatra entre su gente.

Además, fue la cuna de industriales, amas de casa, pescadores y marineros, personajes que nutren de vida la cotidianidad de la ciudad.

Las Peñas es un barrio que en Guayaquil se ha mantenido a través del tiempo al margen de la evolución arquitectónica y de la transformación urbana; precisamente en eso radica su belleza y valor patrimonial.

En la actualidad reúne los elementos mínimos para que pueda ser considerado como el nexo de continuidad entre la historia escrita con quincha, madera y tejas y el predominio contemporáneo del hierro, el cemento y el vidrio.

Fecha de Creación
Fue reconstruida después del Incendio Grande de 1896.

Atractivos
El barrio Las Peñas es uno de los pocos legados históricos que posee la ciudad y su estilo arquitectónico muy particular, su estrecha calle, sus casas junto al río que poseen dos frentes lo convierten en un llamativo destino de visita turística.

Fiestas cada mes de julio se convierte en vitrina de arte y cultura de artistas que viven en el lugar y de manifestaciones culturales que tienen la oportunidad de mostrarse cada año.

Iglesia San Vicente, situada en las faldas del Cerro Santa Ana, es el lugar donde los habitantes de ese sector acuden diariamente a rezar.

Plaza Colón, se encuentra sobre el ingreso al túnel del cerro Santa Ana. La obra cuenta con un atrio para la iglesia, terrazas, seis locales comerciales y dos piletas. Los monumentos de Francisco de Orellana y de los Bomberos también forman parte del área.

Leyenda
El origen del por qué “monos”
Muchas versiones corren en el suelo patrio, sobre por qué a los guayaquileños les dicen “monos”, pero ninguna como la del historiador guayaquileño Don Gabriel Pino Roca, plasmada en sus “Leyendas, tradiciones y páginas de historia de Guayaquil”.

Hacia 1693 era soberano de España Carlos II. Desquiciado y entregado a prácticas piadosas, creía ser víctima de maleficios infernales, por lo que se despreocupó de los asuntos del reino, y encargó de todo a su madre y a su elegido.

Tratando de hallar alivio para sus males, Carlos II se refugió en la compañía de ciertos animales que tenían enjaulados en una sala del palacio. Supo un día que, allá en sus remotas tierras del nuevo mundo, había curiosos animales llamados monos, que podrían formar parte de su colección.

Es así que, en 1765, envió un pedido a Guayaquil, solicitando dos ejemplares. Se echó a volar por calles y plazas la petición del Rey, mientras las damas guayaquileñas comentaban “El bueno soberano quiere monos que lo diviertan”.

Las autoridades pasaron oficios a todos los tenientes y cartas a las haciendas Baba, Puebloviejo, Palenque, Pimocha, Balzar, Yaguachi, Daule y Balao. Duró la persecución treinta y cinco días.

En la plaza de Santo Domingo, un jurado especial compuesto por el Corregidor, el Depositario General y el Alguacil Mayor, estuvo encargado de examinar los dos mejores representantes de la especie, pues moraban cerca de 30 variedades en estas tierras. Resultaron electos dos ejemplares de elevada estatura y reluciente pelaje negro, con la excepción de un cuello blanco, a modo de collar. A fines del año partieron los agraciados a España en un barco.

Está por demás decir que Carlos II quedó encantado con los monos. Novelero, instaló dos jaulas para ellos y los alimentaba personalmente, riendo con los saltos y gracias de los animales. Cierta tarde, casi al anochecer, el desventurado monarca fue víctima de una crisis nerviosa, y desquiciando echó a correr dejando puertas y jaulas abiertas, para refugiarse en su oratorio. Más ocurrió que uno de los monos, encariñado con su amo, lo siguió hasta la capilla.

Carlos II no lo vio y el mono trepó al altar hasta situarse sobre la imagen del Redentor.

Al incorporarse el monarca, clavó los ojos en el crucifijo y aterrorizado empezó a gritar: “El diablo, lo he visto, lo he visto allí”. Los guardias acudieron en su ayuda y al encender la luz del farol se echaron a reír sin parar: “vuelva en si su Majestad, es el mono de Guayaquil que ha fugado de su encierro” Mientras el mono rechinaba los dientes y se rascaba la barriga, el Rey no oía, había perdido el sentido y pasó días con fiebre alta.

La noticia se esparció rápidamente y el ridículo incidente dio pie a que la gente del palacio dijese en adelante, cada vez que a la Corte llegaba algún guayaquileño “Cuidad del Rey señores, que ha venido un mono guayaquileño y puede causarle algún espanto”. Pasó el tiempo y algún vecino trajo el comentario hasta América, y desde entonces se da el apodo de “monos” a los nativos de Guayaquil.

¿Cómo llegar? Donde: Hospedar - Comer - Divertir - Comprar

Barrio Las Peñas conserva las edificaciones más antiguas de la ciudad



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